Una novelita

¿Cree que es otra novelita de esas?; de esas que usted devora de un santiamén, siempre desesperada, como si el mundo se fuera a acabar, tal y como decía mi madre al verme de niño apresurar las cucharadas, una tras otra, hasta atragantarme de tanta comida, y yo tenía que levantar los brazos al cielo en un trance de segundos. ¿Usted no se trapica con tantas palabras de una, hoja tras hoja? ¿No se harta de leer y leer lo mismo, una y otra vez? Porque al fin y al cabo siempre son las mismas palabras, combinadas, claro está, de distinta manera; infinitas maneras, en una interminable sucesión de párrafos, de oraciones separadas por puntos y comas. Ahora si el autor algo se inspiró, aparecen por ahí un punto y coma, o quizás –como gran cosa estilística– dos puntos. Pero es un todo de lo mismo. Al menos eso a mí me parece; ahí la razón del porqué me harté de los libros, aunque más de los escritores, que no sé con qué autoridad deciden cómo empezar, las formas de las frases y, esto sí que me molesta, cuándo terminar una novela, o lo que sea. A veces la última idea, la frase para el cierre, ese “fin” liberador (para él), lo deja a uno con gusto a poco, con un sabor desabrido, con una sensación de tiempo perdido; en cambio otras, el gusto es mucho, al punto que uno desea no parar ahí, justo donde, por cierta razón desconocida por todo el resto, el escritor dijo basta, hasta aquí no más llego, sin consultarle a nadie. De acuerdo: el libro infinito no existe; lo entiendo muy bien (tengo más de dos dedos de frente). Pero un final, por muy perfecto que luzca, no lo es tanto si la imaginación del lector, pese al último punto, sigue adelante, encabritada, elucubrando finales alternativos o nuevos capítulos por delante. No he leído mucho, es cierto, por lo mismo: porque ya sé cómo viene el asunto; a alguien con mucho juicio le bastan uno o dos libros para captar la estratagema de la escritura. Está bien: quizás cinco, pero no más de diez. ¿No fue Flaubert quien dijo que la biblioteca de un escritor debe estar formada por cinco o seis libros y que los demás sólo es bueno conocerlos? Yo conozco hartos, y sí, leí Madame Bovary, uno de los nueve en mi vida; suficientes, más que eso sólo ingenuidad, sobre todo cuando el que acapara la atención es sólo un escritor. Y con “un” me refiero a… ¡Sólo uno! Al mismo –y no otro– que devotamente se sigue desde su primer libro hasta transformarlo en una absurda obsesión. En algunos de ellos la inspiración siempre esquiva es una maquinaria tremenda sin stop, día y noche, alimentando lectores y egos infinitos. Y producen y producen como gallinas literarias de los huevos de oro. Usted es fanática de algunos autores, desde el primero al último de sus libros. Lo sé muy bien. Los tiene ordenaditos en su biblioteca, juntos del primero al último sin fallar en la secuencia. No la juzgo, pero dígame: ¿Qué puede haber en el título de más reciente edición que no esté en los anteriores? ¿Acaso un estilo revelador capaz de cambiar la historia de la literatura tal como la hemos entendido hasta ahora? ¿O nuevos recovecos creativos? Perdón, pero para mí eso es altamente improbable, más si el personaje en cuestión tiene más de veinte títulos. ¡O más! Imposible que la imaginación les dé para tanto ¿Cómo alguien puede escribir sólo de crímenes o de terror, u otro darle vueltas y vueltas al amor, en una interminable sucesión de encuentros y desencuentros en portadas rosas de delicado diseño? Altamente sospechoso todo, ¿no cree? Para mí esa insistencia, ese volver sobre lo mismo, o si quiere, ese rotar en un solo eje creativo es pereza de la peor cuando se la camufla de best seller, desatando incontenibles ínfulas literarias. Yo no he leído mucho, le insisto. Lo justo. Y punto. Cien años de Soledad, por supuesto. “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo…”. ¿Se necesita leer más sobre infinitas y mágicas relaciones familiares con un libro que comienza así? ¿Le cuento algo? Pío Baroja escribió que el arte es un mullido lecho para los vagos de profesión y que cuando el vago comprende esa verdad se proclama a sí mismo solemnemente artista, escritor o pintor, músico o poeta. ¿Sabe cuándo lo dijo?: ¡En 1912! Si tuvo razón en su época, más hoy cuando vemos a muchos escritores descansar en los laureles del facilismo, repitiendo la receta que tanto agrada a los lectores del suma y sigue. Vagos, con todas sus letras. Relatado así por Hemingway el encuentro entre Roberto y María, ¿para qué ir en busca de sexo en otro libro si en ése del viejo Ernest está todo?: “Para ella todo fue rojo naranja, rojo dorado, con el sol que le daba en los ojos (…). Para él fue un sendero oscuro que no llevaba a ninguna parte, y seguía avanzando sin llevar a ninguna parte, y seguía avanzando más sin llevar a ninguna parte, hacia un sin fin, hacia una nada sin fin, con los codos hundidos en la tierra, hacia la oscuridad sin fin (…). Hasta que, de repente, la nada desapareció y el tiempo se quedó inmóvil, se encontraron los dos allí, suspendidos en el tiempo, y sintió que la tierra se movía y se alejaba bajo ellos”. Para mí este doblar de campanas fue definitivo. No mueva la cabeza de ese modo. Entiendo que oír esto la incomode, tanto como a mí expresarlo. ¿Le molesta la forma o el fondo de lo que digo? Como sea, siga leyendo. No se distraiga. Mejor: no me oiga; haga como el Ulises de Kafka y tápese los oídos con cera para navegar al encuentro de las sirenas. No escuche mi canto. Pero yo no soy sirena ni lo mío es engaño. Yo canto clarito, sin mímica, ese es el problema. Me aburre la pantomima de lo literario. No me hago el simpático para luego hacer la desconocida, como Nosdriof. ¿Qué le parece si mejor me callo, me siento aquí e ignora mi presencia, como ya tantas veces? ¿No es lo que está pensando justo ahora? ¿Esa sonrisa es por lo que acabo de decir o por una frase divertida en el libro? Da lo mismo. Me agrada verla así, con puntos suspensivos. A propósito, una cosa es jugar al misterio, a decir sin decirlo todo, y otra es hacer el trabajo menos que a medias. ¿A dónde voy se estará preguntando? A que hoy muchos escritores piensan que el lector es adivino y fallan en la esencia de la narrativa. Han contaminado la escritura con el fast de la modernidad y olvidaron el universo del detalle, ese que a partir de un algo puede construir un mundo; por ejemplo, de un zapato tirado en la calle toda la historia de un desconocido. Para los escritores de hoy esto sería una tortura –y seguramente, como Bartleby, preferirían no hacerlo–; en cambio, para Melville, un compromiso con la imaginación: “Todo él chorreaba agua. Estaba de pie sobre un charco en el desnudo piso de roble: su extraño bastón descansaba verticalmente a su lado. Era una vara de cobre pulido, de cuatro pies de largo, unida longitudinalmente a un palo de madera bien trabajada, mediante inserciones en dos bolas de cristal verdoso, rodeadas por bandas de cobre. La vara de metal terminaba en un extremo como un trípode, con tres aguas y brillantes púas doradas. Él sostenía el conjunto sólo por la parte de madera”. ¿Insuperable, cierto? Ahora caigo en cuenta: los vagos son tan sólo escribientes. Copiadores. ¡Eso! ¿Me sigue? Es como si yo que la veo tan concentrada, la describiera tal cual según sólo lo observable: “Ella lee sosteniendo el libro entre sus manos”, sin más aderezo; quizás esa frase basta (seguramente sí a aquellos lectores de lo justo y necesario), pero no a mí que veo un poco más allá; a usted un poco más allá. No se asuste: no pretendo elevarla a musa mediante la palabra; no estoy para esos trotes. Aunque usted se lo merece, mis habilidades escriturales no llegan a tanto. Un terreno minado de incertezas lingüísticas separa el cómo la pienso (al verla) al cómo la expreso. Si hablo de las rectas facciones de su cara que se inclina sumisa ante el libro en respetuoso silencio, mientras de sus labios se escapan débiles y casi imperceptibles murmullos de lectura, en un débil respirar de palabras, falta en el relato la esencia suya. Me explico: puedo referirme a su belleza. Es fácil –y no cuesta– escribir sobre lo que se presenta evidente; sin embargo, siempre será sólo una fracción sobreviviente de una idea incompleta e inconclusa; lo mismo si digo que me fascina el persistente movimiento de su pie derecho sobre su pierna izquierda; elegante y silencioso golpeteo al compás de avance de líneas. ¿A qué responde este ir y venir de su piececito? ¿A un acto reflejo? ¿Reflejo de qué? ¿De esa inconsciencia que seduce y atrapa al que lee, ensimismándolo? ¿Del placer de la lectura? ¿O de la simple ansiedad por terminar pronto el libro? Ni usted lo sabe; porque no lo nota como yo sí, y eso que yo en usted con mis palabras sólo doy palos de ciego. Ahora bien, si mientras lee digo, improvisando, que la he visto en las noches de luna reducida a la mínima porción de sí misma, fulgurante, inerte y lasciva como no he visto a ninguna, ¿creerá que estoy divagando, que me fui para otro lado? Sólo piense en esto: no olvide la poesía, nunca, porque ella nos sacude y pone de cabeza los imposibles, tanto así que en este preciso momento, en que todos esos detalles suyos revolotean desordenados en mi mente, uno me inquieta poderoso y definitivo, más que otros: no que lea el libro, sino cómo lo mira; pareciera que cada palabra mía de cierta manera usted la fuera anticipando; lo deduzco por esas muecas suyas en perfecta sincronía con cada uno de mis énfasis. ¡Así como justo ahora! Ve que es verdad. No termino y usted ya está con esa muequita. Lo más extraño es que, pensándolo bien, no me molesta; quizás porque llevo hablando un buen rato sin pausa, como un desesperado de atención. ¿Sabe?, de sólo escucharme cualquier otra persona me hubiese mandando a quizás dónde –reconozco que yo mismo lo hubiera hecho–; sin embargo, en usted admiro esa enorme paciencia de soportarme sin distraerse. No sabe cuánto se lo agradezco. Siempre es bueno que a uno lo escuchen. Créame: oportunidades como ésta no se presentan dos veces. Lo sé muy bien, yo que hace años quería hablarle, y aunque la observaba de cerca, usted no se fijaba en mí. Una vez pasó a mi lado y me rozó con los dedos, sin verme. Fue lo más próximos que estuvimos, hasta ahora. Imagine la emoción que sentí cuando me vio. Confieso que no estaba preparado; tanto así que no lo creí cierto hasta que comencé a hablarle y me di cuenta que usted me oía pese a hacerse la desentendida. Pero como suele ocurrir, ahora el asunto es otro: ¿Hasta cuándo seguiremos juntos, yo viéndola y usted escuchándome? ¿Podremos soportar el final para luego ambos volver a ser los mismos de siempre, de toda la vida? Me disculpo desde ya por este atrevimiento de hablarle como le he hablado (si lo prefiere, llegamos hasta aquí y me pone en mi lugar). Pero más si la defraudé y ésta no es la novelita que tal vez esperaba.

Un comentario sobre “Una novelita

  1. Sin ser un letrado, con ganas de poder expresar ideas. Leo, hace tiempo ya tus escritos. Sencillos, fáciles de comprender,entretenidos y, con gusto a poco-según tus propias palabras. Saludos, buen año.

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