Amor en el 3018

Azul profundo, que en ambos se esfuma, igual como llegó, en un silencio breve, lento y luminoso.

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-¿Cómo habrá sido esa época cuando todos conversaban con todos, con sonidos, en cualquier sitio?

Las palabras no dichas de Mat-b se replicaron a velocidad de pensamiento en la pantalla de Cit-b, que tan rápido como leyó respondió que le costaba imaginar esa forma de comunicación de los humanos de antaño; cómo podían soportar que alguien les hablara a sólo centímetros, frente a frente. Por fortuna, hoy el código ponía claros límites a la interacción.

El código era muy simple, de cinco puntos:

1. Prohibido hablar pronunciando palabras en espacio públicos.
2. En los espacios públicos la comunicación, a menos de 5 metros, entre dos o más personas, será intercerebral.
3. Una persona que necesite comunicarse con otra distante más de 5 metros deberá hacerlo transmitiendo a través del B-Phone.
4. La palabra hablada sólo se permite en espacios privados.
5. Las transgresiones a este código serán debidamente sancionadas.

El código no aportaba detalles sobre las sanciones.

Mat-b y Cit-b se encontraban a más de 5 metros de distancia. Mucho más allá de la mínima exigencia del código. Un ángulo de la pantalla del B-Phone de Mat-b situaba a Cit-b a 3.154 kilómetros al sur; en el otro aparato, los mismos kilómetros, pero al norte.
Aunque el código permitía el uso de la palabra hablada en espacios privados -es decir, el lugar donde se vive solo o en familia-, todo el mundo entendía que dicha indicación aplicaba a dos o más personas en el mismo sitio y no cuando alguien estaba solo. Tanto así que ahora Mat-b y Cit-b, en la soledad de su espacio personal, no hablaban, sino que ajustaban el diálogo según el punto 3.

-No recuerdo la última vez que hablé una palabra -Transmitió Cit-b.

-Ni yo -respondió Mat-b, incluso antes de pensar.

Para ambos, el habla no fue una pérdida, porque nunca la tuvieron como una habilidad adquirida de manera natural desde la primera niñez, como sí los humanos de esas viejas películas de los siglos XX y XXI, los mismos que en ese entonces comenzaron a experimentar la comunicación intercerebral en máquinas electroencefalográficas, por su antigüedad, hoy piezas de museo.

Para estos humanos, los de ahora, el habla es una asignatura más en la escuela -no la más importante, por cierto-, clases que a diferencia de todas las otras cada alumno toma en forma individual una vez al mes, complementando dicho aprendizaje con breves diálogos hablados en sus casas o en otros espacios no públicos. Sin embargo, nada que amenace la supremacía intercerebral, tan simple y eficaz, sin sonidos ni necesidad de lectura, en la que para entrar en contacto lingüístico con otros sólo se necesita un radio de cinco metros. Allí los diálogos surgen inmediatos, diciendo hola, cómo estás o preguntando por una dirección, recibiendo por respuesta otro hola, bien gracias y en la próxima cuadra a la izquierda, animadas “conversaciones” en la más profunda calma, sin ruidos de por medio. Si un ser humano de antes observara desde fuera estos diálogos, dentro de los cinco metros vería sólo silencio y ademanes de cabezas y manos; también risas ahogadas y ojos muy abiertos, de sorpresa. Ampliando la distancia, llamarían su atención, pero quizás no tanto, muchas personas pegadas frente a una pantalla, también sin habla y gesticulando, sin escribir palabra. Como este ser humano, el de antes, no puede “hablar” esta lengua, no tiene forma de saber que este aparato es un Brain Phone (B-Phone). Para él, este extraño espectáculo sería lo más parecido a una película muda, pero en colores y en súper alta definición.

-A mí me gustaría haber vivido en ese tiempo. ¿Sabes para qué? Sólo para sentir el sonido de mucha gente conversando al mismo tiempo. He visto escenas de ese tipo en viejos videos, pero debió ser muy distinto estar ahí, por ejemplo, en un concierto de un grupo de rock, con toda la gente cantando…

-¿De verdad te hubiese gustado eso?  -Interrumpe Mat-b elevando el tono, porque, olvidamos decirlo, la comunicación intercerebral no sólo permite reconocer contenidos sino también intenciones, énfasis y los más diversos matices, porque, y esto es muy importante, los humanos de hoy transmiten con “su voz”, la misma que, como mandata el código, sólo en ciertas ocasiones privadas brota de sus cuerdas vocales; no obstante que el B-Phone da la posibilidad de aplicar ciertas correcciones, la voz debe mantener su esencia: a nivel intercerebral puede sonar mejor, pero no ser otra- . ¿Vivir en esa época? Experimentar eso una vez, quizás… ¿Pero vivir permanentemente en esos años? ¡Jamás! Yo no cambio el 3018.

Mat-b y Cit-b -esto quizás debió ser señalado desde un comienzo, porque es una información fundamental- nunca han estado frente a frente. Cara a cara; menos al interior del círculo de los 5 metros. Siempre los mismos 3.154 kilómetros. Pero para ellos esto no es un asunto importante; es más, no es un asunto. Hoy la distancia es sólo un referente geográfico y la separación física, insignificante en las relaciones humanas, incluso en el amor. Porque Cit-b y Mat-b -algo muy relevante de decir justo ahora- están enamorados, profundamente. Y el suyo es un amor verdadero, de esos en los que, de verdad, sobran las palabras. Dicho lo anterior no como añeja poesía milenaria, sino como certera realidad.

Cit-b y Mat-b se conocieron hace dos años, punto que conviene aclarar de inmediato: en la comunicación intercerebral, gracias a la memoria colectiva del B-Phone, más que “conocerse” con alguien, uno se “encuentra” con alguien, con cualquiera, entre cientos de miles que están dispuestos a “conversar”, luego de recibir un hola en forma de pensamiento. El sistema es inteligente y jerarquiza la respuesta más adecuada a ese hola según múltiples factores debidamente registrados en las redes electrónicas desde la corteza cerebral. Por eso, el día del primer “encuentro”, el saludo de Cit-b a Mat-b destacó entre tantos otros, acoplando un diseño neuronal perfecto.

Hasta ahora la comunicación intercerebral entre ambos es espléndida y con total seguridad nunca se va a deteriorar. Se divierten juntos, tanto que pueden estar horas y horas “conversando”. Esta cercanía los ha llevado al punto de mayor confianza e intimidad en una pareja: unirse en un solo pensamiento. Sucedió naturalmente, al año de “encontrarse”. Cit-b le pidió a Mat-b que pensara en un color.

Y pensó en azul. Y de inmediato los dos pensaron en azul. El mismo azul en el tiempo y el espacio. Y desde entonces hasta ahora, cada “encuentro” culmina hacia lo infinito, abandonando todo sentimiento para entregarse al placer único del cálculo amatorio y su lógica exquisita. Y son uno. Un solo pensamiento. Allí, en lo azul profundo, que en ambos se esfuma, igual como llegó, en un silencio breve, lento y luminoso.

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