Yo soy…

En un diminuto espacio de tiempo casi inexistente, la imagen pasó veloz, pero no como una fotografía, pintura o representación impresa conocida, sino como una sensación; un “algo” indescifrable, como un susurro mudo.
Mientras saboreaba el líquido caliente, intentó asirla, tal como cuando recuerdos esquivos se niegan aflorar, pese a estar allí, orillando el lenguaje. Probó capturarla con maniobras de concentración y relajo, forzando, primero, al máximo la mente, para luego, en un breve instante de descanso, aguardar que el sentido de la sensación explotara a la conciencia. Repitió la secuencia cuatro veces hasta que, por fin, el “algo” comenzó a significar.
A Julio no le importó que la sopa se enfriara. Por lo demás, había olvidado que comía, consecuencia común en él, acostumbrado a toda clase de cavilaciones en las más diversas circunstancias y lugares, solo o acompañado, al punto que no era extraño “traerlo” de regreso al aquí y al ahora con un grito o un chasquear de dedos.

-¡Julito, despierta!

El grito de su madre hizo que la cuchara, que pendía en trance en su mano derecha, cayera con el sobresalto y golpeara con fuerza en el borde del plato, hasta terminar rebotando en la sopa. Pero ni el estropicio, ni las manchas en el mantel y en su camisa, lo apartaron de lo que rondaba en su cabeza.

-Mamá, ¿conoces a alguien llamado Esteban?

-¿Esteban?… No… ¡Espera!… ¿No se llamaba Esteban tu bisabuelo? Creo que tu padre alguna vez me habló de él. ¿Por qué me preguntas eso? -le respondió su madre, en esa pose tan típica de ella, de pie bajo el marco de la puerta de la cocina, con la mano izquierda en la cadera y el cigarrillo en la derecha, expulsando el humo al patio.

Julio no quiso conducir a su madre a terrenos fangosos. Optó por lo simple y concluyente para ella.

-Por nada. Sólo se me ocurrió ese nombre.

-Ya, sigue comiendo. Pero antes, limpia todo, y cámbiate esa camisa.

Obedeció a su madre. Pero ya no tenía hambre.

Esa noche Julio divagó sobre las posibilidades expresivas de un pensamiento. “Cualquiera puede pensar una idea, como yo estoy pensando ahora. Pero muy distinto es que esa idea contradiga al ser que la piensa”, se decía. “Yo soy Julio. Yo soy Julio…”, repitió angustiado.

Julio, con el calor pegado en la sábanas, nunca supo en qué momento se durmió.

– El calor te mata, Fernando. Te cuece cada pliegue de la panza con ese sudor pestilente que odio tanto.

– ¿Te marchas por eso?

– Por eso y porque la rutina mata, mi amigo. Por eso mejor escapar mientras se puede. Además, usted sabe muy bien como son las cosas acá: un día, negras y al siguiente… también -dijo quitándose la humedad de la frente con el dorso de la mano derecha mientras masticaba una sonrisa. Por eso -continuó- mejor arriesgar y que lo sorprenda a uno la tormenta, en el sentido figurado claro, no lo vaya a tomar usted muy en serio. ¡Y si todo se va al carajo… al menos lo vivimos!

– ¿Y cuándo parte?

– Pasado mañana. Al mediodía.

En la cartera Esteban guardaba celosamente el billete. Literalmente le había costado sudor y lágrimas reunir el dinero para comprarlo. No era el único. Muchos otros como él, de su pueblo y de lugares cercanos y lejanos, esperaban ansiosos iniciar el viaje.
El día llegó rápido. La fila en el muelle era extensa, y el embarque lento bajo la canícula sin sombra.

– ¡Esteban Mercado!… ¡Esteban Mercado! -vociferó el hombre encargado de la lista de pasajeros y del embarque en tercera.

– ¡Yo! ¡Yo soy Esteban! –gritó con el billete en alto y las piernas a todo dar.

“Yo soy Esteban”, fue el primer pensamiento de Julio al despertar. De Julio que ya no era Julio.

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