El Ser de las redes sociales

Decir que las redes sociales se han enquistado en la maquinaria social de la mano de los avances tecnológicos, sobre todo aquellos que han expandido las comunicaciones personales, a esta altura, de nuevo, no tiene nada. Lo novedad pasa por la forma cómo esta modernidad ha ido re-modelando nuestro SER en las comunicaciones.
Las redes sociales son los músculos -casi la sangre- de un nuevo ser humano. A este engendro de tecnología e información -la inmensa mayoría de casi todos- ya no le basta con saciar su hambre de comunicación mediante el habla o la lectura. Necesita más; mucho más: ser protagonista de su propia historia. Dominarla. Escribirla.
Este nuevo ser humano cuenta, narra. Da forma a realidades. Usa las redes sociales para expresar sus alegrías, intereses, sueños y temores. De un rol secundario, a uno principal. Por eso comparte desde sencillos comentarios para despertar una sonrisa, a sesudos análisis que a más de alguien espantan. Alimenta su ego, esencia en una época en que todo se mueve de la mano del qué dirán, de las apariencias mediatizadas.
Pero de ahí a perder de vista las proporciones, hay un pequeño paso, una delgada línea casi invisible.
Muchos individuos de este nuevo ser humano se instalan en las redes sociales como lo harían en un gran escenario (aunque de verdad nunca lo harían), exhibiéndose, creyendo ser el centro de atención de todo el mundo, de sus “amigos”, algunos de los cuales no lo son tanto. Sienten que importan. Se mienten a sí mismos. Aunque, de verdad, no saben que se mienten.
Programan su día en función a la redes sociales, escribiendo en el silencio virtual, apenas abren los ojos, “¡Buenos días mundo!”. Y así, suman y siguen posteos durante toda la jornada, esperando ansiosos un “Me Gusta”, para caer en éxtasis si alguien les escribe un comentario y en aguda depresión cuando se ignoran sus “elevados” pensamientos.
Cuando este ser de las redes sociales deja de recibir alimento para su ego se transforma en un manipulador de primera y escribe mensajes del tipo “El mundo no puede ser tan cruel” o (más extremo) “Tengo ganas de acabar con todo”. De inmediato, no tanto por preocupación como por curiosidad, comienza la proliferación de: “¿Qué te pasó amiga?”, “Tú eres más fuerte que cualquier problema, amigo”, “Cuenta para ayudarte”. Se crea así una situación, una historia de la nada, un supuesto dado por cierto, círculo que se cierra con un “Muchas gracias a todos por sus palabras y apoyo”. Y del qué pasó, nunca se supo.
Este ser de las redes sociales comparte a diestra y siniestra, en un ir y venir consumiendo aparentes verdades, que ni cuestiona. El asunto es ganar “el quien vive”, regurgitando inexactitudes e imprecisiones. Vomitando mentiras.
De las 10 estrategias de manipulación mediática que nos presenta Noan Chomsky, este ser de las redes sociales, y su forma de comportamiento en ellas, se ubica en la N°1: distracción.
Nos dice Chomsky: “El elemento primordial del control social es la estrategia de la distracción que consiste en desviar la atención del público de los problemas importantes y de los cambios decididos por las elites políticas y económicas, mediante la técnica del diluvio o inundación de continuas distracciones y de informaciones insignificantes. La estrategia de la distracción es igualmente indispensable para impedir al público interesarse por los conocimientos esenciales, en el área de la ciencia, la economía, la psicología, la neurobiología y la cibernética”.
No hay vuelta. Este ser de las redes sociales llegó para quedarse, un muy largo rato. El desafío, entonces, es no aniquilar al otro, aquel del sudor y lágrimas con gusto a sal, de dolor que duele, literal, sin aparentar más de lo que somos ni buscar falsos consuelos en amigos imaginarios a través de un esquivo “Me Gusta”.
Lidiar en el entramado de las redes sociales con argumentos serios, cuestionando las estupideces, los abusos de poder, la ignorancia y todo aquello que nos huela a arreglín de pasillo.
Y, cuando proceda, aunque nos cueste, refugiarnos ahí donde a veces conviene estar: el silencio.

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