Juego de niños

Ernesto no sabía de seducción. Sólo le preocupaba patear la pelota en el patio de su casa, jugar al caballito de bronce, a la escondida o partidos de fútbol en la estrecha callejuela a la vuelta de la esquina.

Hasta antes de esa noche, no miró a Susana con otros ojos, porque para él eso no existía. Los suyos eran para el domingo, para soñar con el próximo partido de la cuarta infantil, calcular bien el remate desde fuera del área o desbordar eludiendo rivales por la punta izquierda. Menos sentir algo en su corazón tan fuerte como la incomparable sensación de recibir de manos del entrenador la camiseta número 11 ó el grito de gol tras cabecear un centro desde el córner.

Para él, todo era juego de niños. Incluso entretenerse espiando a Susana. Lo hacía desde la ventana de su dormitorio con vista a la calle, antes de irse a la cama, mientras el resto de su familia miraba televisión en el living o jugaba carioca. Afuera, a sólo cinco metros, ella, en la penumbra, de pie y apoyada su espalda contra un árbol -el mismo que Ernesto solía trepar en las tardes con unos amigos- le prodigaba besos y caricias a Carlos. Incluso a veces, forzando el oído, podía escuchar suspiros entrecortados. Pero sólo le causaban risa, la que contenía mordiendo con fuerza un pedazo de la cortina.

Pero en una de esas ocasiones vio algo inusual: a Carlos poseído por una extraña picazón en el cuerpo que intentaba remediar restregándose en Susana. Presionada cada vez con más insistencia contra el tronco, de ella sólo distinguía su pierna izquierda, levantada a la altura de la cadera del joven. El resto era una masa informe intentando trepar a lo más alto del árbol de una manera muy rara. De un rato a otro, los movimientos se aceleraron, y en segundos Carlos exhaló un leve y prolongado gemido que lo detuvo todo. Ahora los divisaba mejor: al muchacho acomodándose la ropa y a ella con una mano tirar su vestido hacia abajo y con la otra ordenarse el pelo. Ernesto tenía el asunto muy claro, tanto como para esbozar una leve sonrisa en medio de su pensamiento: extraña forma de tratar de subir el árbol.

Susana, con sus 15 años, era para Ernesto toda una mujer, grande, muy grande. Cómo no, si él apenas se empinaba en los 12. Sin embargo, por ella sólo sentía curiosidad, la que despertó el primer día en su nueva casa, hacía ya casi un año, cuando llena de risa llegó a saludarlos. Lo único que le llamó la atención en ella fue el pelo mojado por la ducha reciente; a él siempre su mamá le decía que no saliera al patio sin antes secarse el cabello. Ni por un instante se fijó que bajo el dintel de la puerta, a contraluz, los muslos firmes de Susana se dibujaban perfectos tras la pollera blanca de verano.

Sin hablar mucho con ella, salvo unos huérfanos cruces de palabras, creía conocerla bastante. En esas conversaciones de grandes en la sobremesa, en las que él no tenía voz, varias veces había escuchado a la mamá de Susana contar cosas de su hija: sus kilos y centímetros al nacer, qué comidas prefería, su insufrible mal genio en las mañanas antes de partir al colegio y las infaltables travesuras de culto familiar, esas que se repiten hasta el cansancio de año en año transformadas en pequeñas leyendas. También, que su hija no pololearía hasta los 18 años; que si la pillaba en algo raro la agarraría a varillazo limpio; lo mismo si la sorprendía fumando. Apenas decía esto, soltaba una carcajada para alivianar el ambiente. Si bien lo lograba, nadie ponía en duda la seriedad de sus palabras. Sabiéndose poseedor de valiosos secretos, Ernesto escuchaba en silencio. Estaba seguro que Susana tenía novio, al menos eso debía ser Carlos. También que fumaba, y harto. La noche que ambos intentaron trepar el árbol de esa manera tan rara, luego de recuperar fuerzas, la vio acabarse dos cigarrillos seguidos.

Esa noche que Susana entró a su dormitorio lo hizo sin decir palabra, directo hacia la ventana, la misma desde donde Ernesto actuaba de fisgón. Enseguida corrió la cortina y acercó tanto como pudo la cabeza al vidrio. Permaneció segundos desentrañando la oscuridad. Ernesto se creyó descubierto. Pero la inmediata cara de desilusión de la joven terminó por convencerlo de que era a Carlos a quien buscaba.

Esquivando la decepción, Susana se metió en su cama.

Dejó que ella pasara su brazo izquierdo por debajo de su cuello, llevándolo, delicadamente, hacia el pecho. En esa posición, aunque un poco incómoda la cabeza, podía seguir viendo los dibujos animados. No obstante, confundido, Ernesto se había olvidado de la tele. Sentía el corazón a mil, el roce de la mejilla con el pezón izquierdo de Susana y, a centímetros, la respiración de su boca con aroma a cigarro. Quieto, con las manos pegadas al cuerpo, no pudo detener esa innombrable y desconocida sensación que crecía entre sus piernas. Se encogió tanto como pudo para que ella no la notara. Intuía, por esa sonrisita cómplice y el diminuto espacio de las sábanas, lo imposible que había resultado esa monumental tarea.

Al día siguiente, Susana lo volvió a sorprender en su cama. Otra vez lo mismo: esa mirada a través de la ventana, la pena en el rostro, a los pocos segundos la agradable sensación de su cuerpo junto al suyo, la cabeza en el pecho, sus ojos clavados en la televisión pero perdidos en otra parte y la tensión acumulándose en su ropa interior.

Susana posó la mano izquierda de Ernesto sobre su bajo vientre, invitándolo muda a recorrer su sexo. Palpó varias veces la textura de la tela, hasta atreverse, con las palmas sudando mares, a ir más lejos, a la frontera del territorio de vellos arremolinados. Después todo fue un recorrido hacia arriba, por los silencios del cubrecama, hasta llegar  a sus pechos, los que pudo explorar a medias por culpa del sostén.

Durante las próximas semanas, con Carlos de nuevo presente, volvió la rutina nocturna de espiar a través de la ventana. Fue así como a la hora de siempre, mientras él y el árbol aguardaban la apasionada función de la pareja, que ahora sentía comprender mejor, no necesitó afinar mucho el oído: “Ernesto, ven”. Reconoció de inmediato la voz; estaba ahí, en su cama. Se acercó temeroso. Ella, tendida, estiró la mano derecha hasta asir su izquierda, atrayéndolo hasta que cayó sobre ella. De inmediato, sin saber bien el porqué de esa atracción, Ernesto comenzó a mover la energía concentrada en su pequeño miembro. Lo siguiente fueron los dedos de Susana deslizándose al interior de su pantalón corto. Luego, propietaria ya de su mayor inocencia, la condujo al calor y humedad de su juventud. Fueron escasos minutos de respiración agitada, desahogo, huida subiéndose el pantalón corto, para rendirse exhausto con los brazos abiertos de espaldas sobre la alfombra del living, cerrando los ojos a la niñez.

Algo, una sensación por tan placentera inconfesable, le decía que todo eso no había sido un juego.

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