Esclavos del idiota del pueblo

Emisor, mensaje y receptor. Significante y significado. Así, bien en general, funciona el ciclo de la comunicación. Básico, muy básico. Sin embargo, lo simple a veces complica y, peor, engaña.

Se suele decir que uno es dueño de su silencio y esclavo de sus palabras, frase que vista por encima suena tan bien, muy lógica, de esas para citar en Facebook. ¿Pero es tan así?

Silencio no siempre implica prudencia. A veces denota ignorancia. Sin más. Ignorancia que se asocia a ignominia intelectual, pese a que todos, en muchas perspectivas de nuestra vida, carecemos de certezas, desde las cotidianas a las existenciales. Pero reconocer nuestro silencio ignorante es humildad; sólo abrir la boca para decir “no sé”, grandeza.

Las palabras son otra cosa. ¿Por qué somos esclavos de ellas? Según la frase, lo que decimos u opinamos sobre algo o alguien es reflejo de nuestro pensamiento y nos acompaña por siempre. Por eso, mejor callar o pensar muy bien lo que se va a decir, comportamiento tan escaso hoy en día, atrapados en la maraña de las redes sociales, tribuna de tanta opinión sin sustento, donde la “inspiración” surge del ocio, la rabia y el ego, y muy a lo lejos del análisis reposado. El filósofo y escritor Umberto Eco, en 2015, planteó esta situación muy certeramente: “Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas”.

Siguiendo la línea de Eco, el gran problema con estos idiotas es que no les importa ser esclavos de sus palabras porque no se dan cuenta que lo son. En esta falta de conciencia radica uno de los principales males de la sociedad moderna: la comunicación prostituida al amparo de la libertad de expresión. Esa misma a la que, si le preguntáramos, con toda seguridad diría: no argumenten tanto en mi nombre. Si defender la libertad de expresión es un imperativo, también lo es defenderla de estos idiotas.

Entonces, ¿cómo se combate la invasión de esos idiotas que nos advierte Eco? Desenmascarándolos e instalando la duda en todo aquello que nos presentan como evidente, solución definitiva o verdadero, venga de donde venga, sobre todo desacralizando el culto a la autoridad y el poder, donde la idiotez se camufla en los aires de grandeza de los advenedizos de turno, que pontifican recitando de memoria contenidos preparados por otros.

A estos idiotas se les enfrenta con artillería argumentativa de largo alcance. Palabras contra palabras; sin temor a refugiarse en la estrategia del silencio si el buen juicio lo aconseja, esperando la oportunidad más propicia para desarmarlos, aunque, conociendo de que están hechos, es muy probable que nunca reconozcan su derrota. Porque, pensando bien, si lo hicieran, los idiotas no serían tan idiotas.

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