Esto es vida

Recostado en una silla bajo el sol abrasador de media tarde en una playa frente al Pacífico, mi mano derecha, en movimiento pendular hacia la arena, apenas sostenía con la punta de los dedos el Cuba Libre.
Cada vez que blandía el vaso con ron y Coca Cola hacia los labios, dejaba reposar la mezcla algunos segundos en la boca hasta que por el frío penetrante del hielo debía liberar el líquido a través de la garganta. La agradable sensación lograba mitigar un poco los efectos de los excesos de la noche anterior, incluso refrescar el recuerdo de las palabras de mi jefe.

– Hay una invitación para ir a México, a Puerto Vallarta –me dijo, sentado en su escritorio, mientras miraba una hoja de fax–. ¿Quieres ir? –agregó de inmediato, sin dar detalles.

– Bueno –respondí en seguida, pensando en alguna aburrida convención.

Pero con el papel ya en mis manos, comencé a asimilar el real sentido del viaje.

– ¿Un “fun press”? –pregunté, intuyendo, gracias a mi inglés, la respuesta.

– Sí, un “fun press”. Es una invitación que hacemos a un grupo de periodistas para que conozcan Puerto Vallarta. En el fondo, para que lo pasen bien -me respondió por teléfono desde Santiago la mujer cuyo nombre aparecía al pie de la página.

A la semana siguiente, ahí estaba yo, junto a otros seis colegas, disfrutando de los privilegios de la primera clase en un avión con destino a Ciudad de México. Empezaba a comprender el significado del “fun press”, más cuando, luego de cenar a la carta, recliné casi por completo el asiento para ver en la pantalla individual una película. Imposible no exhalar profundo y pensar que eso era vida.
La capital mexicana nos recibió entrada la noche. Del aeropuerto Benito Juárez serpenteamos entre las luces de una autopista hasta llegar al Hotel Camino Real, donde me esperaba una amplia y elegante habitación.
Al otro día temprano, tras una corta noche que incluyó una pasada rasante por un bar del Barrio Rosa y la Plaza Garibaldi, de nuevo arriba de un avión, esta vez rumbo a Puerto Vallarta.
Al abrirse las puertas automáticas y salir al exterior del terminal, los 30 grados golpearon con fuerza mi rostro. Incómodo apresuré el paso, buscando rápido refugio en el aire acondicionado a full de la Van que aguardaba por nosotros. Carlos, el chofer, era un hombre rechoncho, de poca risa, que en el abdomen exhibía las consecuencias de muchas horas frente al volante. Eché de menos en él, con esa ropa blanca que imponía fuerte contraste a su piel morena, el bigote del estereotipo mexicano.
El registro en el hotel fue rápido y al final del trámite cada uno de nosotros lucía en su muñeca derecha una pulsera roja.

– Es la Vip –aclaró el gerente de servicio a huéspedes tras presentarse–. Con ésa no tienen restricciones y pueden acceder a todos los servicios del hotel.

Tras entrar a la habitación 502, debí rodear el mensaje “Bienvenido” escrito con pétalos de rosas en el piso. Minutos más tarde ya había descorchado la botella de vino, gentileza de otro gerente, y de pie en el balcón veía el sol muy por sobre el horizonte. “Esto es vida”, musité luego de llevarme por primera vez, con ademán de hombre de mundo, la copa a los labios. Cuando estaba a punto de beber el segundo sorbo, el sonido del teléfono interrumpió la ensoñación.

– ¿Si? –contesté, todavía con el mosto en el paladar.

– Hola, lo llamo por encargo de John Sullivan, gerente de alimentos del hotel. El señor Sullivan los espera, a usted y a su grupo, a cenar a las 21 horas en la playa.

Di las gracias y calculé que disponía de cuatro horas. Tras escudriñar la guía de servicios, al rato unas manos expertas recorrían mi espalda, mientras notas de música clásica envolvían la sala por completo. El masajista sabía, no sólo ejercer la presión justa con las palmas y las yemas de los dedos, sino también mantener silenciosa presencia en la penumbra, como si levitara. Fueron 45 minutos de relajación extrema, que alcanzó el cénit durante el jacuzzi posterior, el sauna y la ducha fría.
Bajé, como nuevo, al hall diez minutos antes de las nueve. Llegar a la playa fue fácil; me guió el fuego de las antorchas clavadas en la arena, que encerraban en un perfecto semi círculo dos mesas, una elegantemente preparada para recibir a los comensales y otra con diversas exquisiteces de la cocina mexicana.
John Sullivan resultó ser un gringo muy simpático. Llevaba cuatro años en ese puesto y quizás cuántas noches como ésa esmerándose al máximo para que sus invitados se sintieran cómodos. Mientras engullíamos tacos, tamales, enchiladas y chilaquiles, el gerente fue enumerando las actividades programadas para nuestra estadía. Inevitable fue, en la medida que lo oía hablar de navegar en un galeón español por la bahía de Banderas, practicar snorkel, volar en un parasailing, bailar en una discotheque, visitar una planta productora de tequila, no terminar por convencerme que eso sí era vida.
Claro que algo muy distinto dirían por la mañana mi estómago, hecho una furia por el picante en abundancia, y mi cabeza, arremolinada por culpa de los golpeaditos de tequila y un encendido “Cucaracha”, que me tuvieron gran parte de ese día aletargado frente al mar, sólo con fuerzas para pedir otro Cuba Libre.

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