El uno para el otro

Catalina tiene la virtud de mirar siempre a los ojos; siempre. Los suyos son de un verde profundo, encantadores. Desde que me crucé con ella, no se lo he dicho, pero creo que sabe, me fascinan; por eso esa mirada tan fija en mí cada vez que la veo. A mí me gustan las mujeres así.

A sus 21 años, a Catalina le gusta la música, sobre todo la romántica, en inglés y español, de grupos o solistas. Seguro, depende del día y de su ánimo. No sabe de mi pasión por el rock pesado. Si me pregunta, le diré que una de las cosas que más me agrada hacer es escuchar música, todo tipo de música, partiendo por la romántica, rock, así bien general, no agregaré el adjetivo pesado para no espantarla; también tecno e incluso música clásica, la que, apuesto, a ella no le desagrada.

Ayer Catalina regresó de vacaciones en el extranjero. Han viajado mucho. Esta vez estuvo en Colombia con su familia. La pasaron muy bien. La vi tan feliz sonriendo en la playa con ese traje de baño fucsia. Tiene un cuerpo muy lindo. Cartagena le gustó mucho, sobre todo la comida. Catalina ama comer, de todo. El sushi es de sus preferidos. Yo lo encuentro desabrido. Para ella, nunca lo habré probado. Se sentirá atraída por mi inocencia.

Catalina estudia Derecho en la universidad. Está en tercer año. Quiere dedicarse a lo penal. Yo no entiendo muy bien qué significa eso, pero debe ser complicado, porque estudia mucho. Lee harto. A veces tiene deseos de mandar todo al diablo, pero al otro día está contenta con su carrera. Me cuesta entender estos cambios en ella. Tiene que aprender que el trabajo será otra cosa. Ahí uno no puede andar con cambios de ánimo según el antojo del día. Leeré algo de leyes para estar a tono. Le diré que congelé mis estudios.

El domingo troté 4 kilómetros. Terminé muy cansado. Catalina es una adicta al running. Su meta es acumular 50 kilómetros en la semana. El sábado es su día de mayor exigencia. Aunque queda lejos, ya conozco su ruta muy bien. Suele correr por donde mismo, a veces extendiendo el recorrido o acortándolo. Incluso sé la música que escucha. Esta vez la acompañó Adele. Por eso no fui difícil esperarla y seguirla por un rato. Verla desde atrás. No vi su cara, pero era ella; esas zapatillas fucsias son inconfundibles. Definitivamente tengo que ponerme en forma para decirle que troto desde siempre.

Como la conozco tan bien, ayer en la noche me decidí y le envié una solicitud de amistad. Pensé que demoraría más en aceptarme. No hay duda: esos ojos verdes, tan profundos en su perfil de Facebook, me dicen que somos el uno para el otro.

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